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I: “Capitolio”
Bajo los plisados escarlata de las últimas melodías, el mordisco de la falda, insiste en investir los ladrillos de un nuevo Capitolio. En sus proximidades, el calor abrasa cada uno de los retales que deshilachan la sinfonía del diluvio. Las constantes se pliegan en las campanas sin vientre de la vida, sin embargo, los candelabros iluminan una noche de callejuelas y adoquines. No están los árboles. Las semillas, posiblemente perseguidas por el quiasmo del apagón, se deshojan sobre los cálidos espejos púrpura. Ya no hay luz. Bajo el viento, un tendal de siluetas apagan su propio fuego sobre la imagen de una vidriera empañada. No os preocupéis, por el momento, las últimas velas bastan. El incendio prosigue en la tez de la avenida, y más ahora, que se ha roto el último aullido de un rosario sin cuentas.
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